CAOS EN LOS AEROPUERTOS

Llega el Verano y se repite la misma estampa de cada año: miles de viajeros atrapados en los principales aeropuertos esperando para facturar sus maletas, pasar el control de aduanas, o embarcar en los distintos vuelos programados.

Sin embargo, este año la situación ha empeorado notablemente. La nueva implementación de medidas para aumentar la seguridad ante la creciente amenaza terrorista, obliga a todos los pasajeros que entren o salgan del espacio Schengen a mostrar sus documentos identificativos. Esta medida ha provocado ya numerosos incidentes de gravedad, derivados de las largas esperas a las que se ven sometidos aquellos que acuden a los aeropuertos más conflictivos.

Un país que recibe al año a más de 75 millones de turistas y que tiene en este sector un motor económico de grandísima importancia, no puede permitirse el lujo de dañar la imagen interna y externa del mismo con situaciones esperpénticas propias de otras latitudes.

Las situaciones caóticas que se han vivido en los aeropuertos de Adolfo Suárez Madrid Barajas, o Barcelona El Prat, los días de mayor afluencia de viajeros han demostrado que no se han tomado las medidas necesarias de previsión por parte de las autoridades competentes.

Desde Turama intentamos denunciar, día a día, los abusos que se están cometiendo por parte de las aerolíneas en contra de sus propios pasajeros, lo que está convirtiendo el turismo aéreo en una auténtica jungla donde puede pasar cualquier cosa. Si a esto le añadimos las dificultades externas con las que tienen que lidiar aquellos que están dispuestos a subirse a un avión, la experiencia se acaba convirtiendo en una tortura de dimensiones épicas.

Un aeropuerto es algo más que un lugar destinado al despegue o aterrizaje de aeronaves. Un aeropuerto es, en muchos casos, la entrada y salida de un país, lo primero que se ve del mismo, lo cual suele formar la primordial primera impresión, y lo último que queda en la retina y en el recuerdo antes de partir de nuevo al origen.

Nadie discute la necesidad de establecer procedimientos extra de seguridad, ante los acontecimientos que amenazan a la población mundial, pero es más que evidente que la aplicación de los mismos tiene que ser estudiada de tal forma que no supongan un obstáculo más que tengan que flanquear aquellos que entran en las instalaciones aeroportuarias para comenzar sus ansiadas vacaciones, o desplazamientos de cualquier otro tipo.

Estas situaciones no son fruto del azar o la mala suerte. La masificación esperada para las fechas estivales está debidamente prevista por las compañías aéreas y los aeropuertos correspondientes, ya que estas tienen que reservar sus slots con la suficiente antelación, y desembolsar importantes cantidades de dinero por mantener los mismos.

No tiene el mismo precio para una aerolínea establecer un vuelo a las 02:00 de la mañana, o a las 17:00 de la tarde. Los slots comprendidos dentro de las horas de mayor afluencia de público se cotizan al alza, razón esta que obliga a muchas compañías de bajo coste a buscar aeropuertos alternativos donde operar para poder asumir los gastos que estos generan, normalmente muy inferiores a los de los aeropuertos más populares y por ello con tasas más elevadas.

Esto quiere decir que los responsables de los aeropuertos conocen con la suficiente antelación el número de pasajeros que van a utilizar sus instalaciones en cada fecha, y pueden de esta manera adelantarse a los acontecimientos y preparar los operativos necesarios para que los usuarios no tengan que acudir con 4 horas de antelación para no perder sus vuelos.

Sin embargo, esta necesaria previsión ha sido obviada por las autoridades y empresas responsables. Aena está más preocupada en levantar nuevas tiendas que le puedan generar un mayor beneficio económico, que invertir en la comodidad de los usuarios que se supone que tienen que utilizar las mismas. Preparar más zonas de control, pasillos y lugares de espera adecuados no reporta ningún beneficio. Vender metros cuadrados a empresas para que puedan comercializar sus productos dentro de los aeropuertos, sí.

Tal y como está pasando en el sector de las grandes compañías aéreas, el viajero se ha convertido en una fuente de beneficios en potencia, y no importa si hay que sacudirlo un poco para que se le caigan las monedas al suelo.

El mejor ejemplo de lo que significa un comportamiento profesional y previsor por parte de todas las entidades responsables del buen devenir de un aeropuerto lo tenemos en Heathrow, el espacio aeroportuario más importante de Europa, el cual registró un tráfico de casi 76 millones de pasajeros en el pasado año.

Heathrow funciona casi al límite operacional que tiene marcado durante prácticamente todo el año, pero con sólo 2 pistas ha desarrollado un sistema ágil que permite el aterrizaje y despegue de miles de aviones cada día, y el paso de millones de viajeros que apenas se encuentran con situaciones muy puntuales de cierto colapso.

Madrid cuenta con 4 pistas operativas, el doble de las que necesita su rival londinense, y con los controladores aéreos mejor pagados del viejo continente. Con este tipo de ventajas no es capaz de desarrollar un sistema que evite colapsos operacionales las fechas más conflictivas del año, que como ya apuntamos están perfectamente predeterminadas por todas las partes implicadas.

El aeropuerto de Barcelona El Prat está a punto de superar al de Madrid en número de pasajeros, debido a batalla planteada en el mismo por las operadoras de bajo coste que han decidido establecer su hub en la capital catalana. Si hasta hace poco la compañía Vueling reinaba en el aeropuerto catalán, con un serio abandono por parte de Iberia, ahora tiene que compartir su reino con las grandes dinamizadoras del turismo low cost intercontinental: Level y Norwegian. Esto ha llevado al aeropuerto de Barcelona a un crecimiento del 8,4 % sobre el año anterior, un punto superior al de su rival madrileña.

Sin embargo, este crecimiento en el número de pasajeros, 18 millones a día de hoy, no se ha visto correspondido con la ampliación y actualización de sus instalaciones, o un estudio serio de la repercusión sobre el pasaje de las nuevas medidas de seguridad.

Por su parte, el aeropuerto madrileño Adolfo Suárez Madrid Barajas, territorio inexpugnable de Iberia y nudo central de conexión entre Europa y América Latina, ha albergado a más de 21 millones de usuarios en lo que llevamos de año, un 7,5 % más que en el 2016, y tampoco ha sabido adelantarse a los acontecimientos y evitar las interminables colas para poder pasar el control de pasaportes.

Siendo España el tercer país del mundo que recibe el mayor número de visitantes al año, no es capaz de situar a ninguno de sus aeropuertos en los ránkings de calidad que elaboran múltiples agencias independientes, con la colaboración de los pasajeros que los utilizan.

Schiphol (Amsterdam), Heathrow (Londres), Frankfurt, Múnich, o Zurich se sitúan, año tras año, entre los 10 mejor valorados por usuarios de todo el mundo, posiciones que Madrid o Barcelona son totalmente incapaces de alcanzar, teniendo en muchos casos más medios materiales para hacerlo.

Esto sólo nos lleva a la triste conclusión de que son las empresas y autoridades encargadas las que prefieren mirar para otro lado mientras los pasajeros se agolpan en Verano, esperando para poder embarcar a sus aviones. Quizás todavía no se han dado cuenta que la experiencia turística total que se forman todos los visitantes que dejan muchos miles de millones de euros en nuestro país, empieza y acaba en nuestros aeropuertos.

No es normal el ataque múltiple que estamos sufriendo los usuarios de las compañías aéreas. No llega con tener que asumir los injustos overbookings, cancelaciones de última hora, retrasos de todo tipo, extras por cada servicio, tasas por todos lados, que ahora tenemos también que sufrir para poder entrar y salir de un aeropuerto en un tiempo razonable.

Nos hemos convertido en tarjetas de crédito andantes, símbolos del dólar que pululan por los aeropuertos y a los que es necesario sablear en cada esquina. Uno ya empieza a preguntarse si vale la pena subirse a un avión, si tenemos en cuenta la antelación con la que hay que levantarse y dirigirse al aeropuerto, las esperas dentro del mismo, posibles retrasos (o cancelaciones), tiempo efectivo de vuelo, y llegada y salida del aeropuerto de destino. Si sumamos todos estos factores y los comparamos con lo que se tarda en hacer el mismo recorrido en coche, es probable que nos llevemos muchas sorpresas.

Lo más duro está por llegar. Las fechas más conflictivas del Verano todavía están por caer, y vamos a ser testigos del tipo de trabajo que han hecho nuestros responsables aeroportuarios, y autoridades locales y nacionales, para evitar las interminables colas.

Sólo nos queda cerrar los ojos y confiar, hacer un acto de fe y creer en la profesionalidad de aquellos que están al mando. O quizás sea eso mucho confiar…

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