¿Hay futuro turístico para España?

Las estadísticas son como los bikinis: lo que muestran es sugerente, pero lo que esconden es vital.

Con esta famosa frase podríamos resumir toda la lluvia de datos que nos está cayendo encima desde hace semanas, la cual y muy lejos de aclarar nada, lo único que consigue es sembrar más dudas.

Desde que comenzó la crisis por el nuevo Coronavirus, el modus operandi de todos los países afectados ha sido el mismo: ocultar la realidad.

Todo vale para seguir llevando a la población tranquilamente tras la zanahoria del “estamos llegando al pico…”.

Lamentablemente, nos encontramos ante una crisis sin precedentes, que afectará a todos los sectores de una manera brutal, pero especialmente a aquellos que requieren de la máxima libertad de movimientos para poder operar, como el aéreo y el turístico.

Aunque ya lo hemos apuntado en otras ocasiones, hoy mismo el responsable de Economía de IATA, Brian Pearce, comunicaba a los medios periodísticos que si todo transcurre tal y como está previsto, cuentan con que las compañías aéreas puedan iniciar una leve recuperación durante el primer tercio del 2021.

Según sus propias palabras: “En otras pandemias pasadas, hemos podido ver esos gráficos en forma de V, que indicaban una fuerte recuperación tras 6 meses. Esta vez es diferente, principalmente porque hemos entrado en una recesión muy profunda. Los cierres generalizados han provocado un gran impacto en la economía mundial, y se van a perder muchos puestos de trabajo. Claramente, sufriremos una caída importante en la confianza del consumidor, y esto va a retrasar la recuperación de la industria”.

Mientras en nuestro país todavía se está vendiendo y promocionando la idea de la llegada del Verano como la salida a todos los problemas causados por la crisis, en el resto del mundo comienzan a asimilar que el problema se va a extender en el tiempo, y toman las medidas oportunas para minimizar los daños.

Nuestro modelo turístico ha muerto

Quizás todo esto sirva de punto de inflexión para darnos cuenta, de una vez por todas, de que nuestro modelo turístico de playas masificadas, chiringuitos abarrotados y guiris quemados al sol, ya no existe.

Si alguna vez volvemos a verlo, será dentro de mucho tiempo, cuando todo lo ocurrido durante estos meses sólo se recuerde como una de nuestras peores pesadillas.

De todas formas, estamos justo en el momento preciso para volver a indicar que ese modelo turístico del que tanto nos vanagloriamos, y que nos ha llevado a convertirnos en el segundo destino vacacional más visitado del mundo, no lo quiere ningún otro país.

El turismo se supone que debería de ser una fuente de riqueza y prosperidad, un sector que genere suficientes beneficios como para aumentar considerablemente el nivel adquisitivo de la población sobre la cual impacta.

En nuestro caso, esto se da precisamente al contrario: sí, somos el segundo país que recibe más turistas extranjeros, sólo por debajo de Francia, pero a pesar de esta importante ventaja nos las hemos arreglado para convertirnos al mismo tiempo en el quinto país con mayor tasa de desempleo, de entre los que publican datos fiables al respecto.

Igual que hacía el entrañable Conde Draco que veíamos de pequeños en Barrio Sésamo, nos dedicamos a contar con alegría el número de ciudadanos extranjeros que cruzan nuestra frontera, mientras evitamos hacer lo mismo con el de compatriotas que se ven obligados a atravesar las puertas de las oficinas del SEPE.

Las buenas noticias

Vivimos un momento histórico, en todos los sentidos de la palabra. Hasta ahora, cortar la tendencia destructiva de nuestro modelo de turismo se hacía una tarea prácticamente imposible.

Sin embargo, la propia naturaleza y un extraño bicho de tamaño microscópico, nos lo han puesto en bandeja, obligándonos a comenzar de nuevo desde la casilla de salida.

Ante esto, sólo se puede optar por dos caminos:

El primero, y desgraciadamente el más probable, es que no aprovechemos este momento para volver a construir un sistema turístico de futuro, sostenible en el tiempo, que dependa de nosotros mismos y de nuestro trabajo, y que genere algún tipo de beneficio tangible.

A día de hoy, desconocemos el paradero de la Ministra Maroto. Seguimos sin escuchar cuál es el plan para el futuro, cómo se prevé revertir esta situación, y limpiar el nombre de un país sobre el cual (conjuntamente con Italia) durante los últimos meses sólo se ha asociado a nivel internacional a palabras como enfermedad, muerte, contagio, caos, hospital, etc, etc, etc.

Repetiremos de nuevo lo que ocurría en nuestras playas durante los años 60, cuando celebrábamos con jolgorio el ver a las pocas turistas suecas que se decidían a viajar a uno de los países más exóticos de Europa.

Revivir las antiguas películas de Alfredo Landa y Manolo Gómez-Bur, es la receta perfecta para el mayor de los desastres.

La otra opción, bastante más improbable viendo la inacción de los organismos competentes, es coger el toro por los cuernos ahora, no dentro de 3 meses.

Tenemos que asumir que la temporada de Verano 2020 no va a existir, y con muchísima suerte podemos soñar de momento con un leve repunte hacia finales de año.

Toca reorganizarnos, no podemos hacer otra cosa, y para ello es necesario quedarnos con todo lo bueno que tenemos (que es mucho) y tirar lo malo al cubo de la basura.

Fundamental sería, antes de volver a incentivar la llegada de turismo extranjero de nula o pésima calidad, invertir en el doméstico.

Tal y como hemos repetido hasta la saciedad, no es asumible que un ciudadano español no pueda viajar a las Islas por el exagerado precio de los billetes de avión, y a cualquier turista de Manchester, Newcastle, o Berlín, le resulte infinitamente más barato.

Tal y como están haciendo ahora nuestros vecinos, miremos primero y antes de nada por lo nuestro. Si se pretende lanzar una línea de vida a las compañías aéreas, que al final sale del dinero y trabajo de todos, estas tendrán que comprometerse a mantener unas tarifas asequibles para volar a cualquier destino turístico dentro de nuestro país. De lo contrario, estaremos haciendo el primo.

En segundo lugar, ¿de verdad necesitamos de las hordas de turistas de bajo coste para poder sobrevivir?. Si es así, estamos fastidiados, por no utilizar otra palabra que acaba por didos, y comienza por jo.

Turísticamente hablando, nuestro país es nuestro negocio, y cualquiera que explote uno sabe perfectamente qué tipo de clientela quiere que entre en el.

Si vendemos hamburguesas a 1 euro, nuestros clientes serán chavales jóvenes con poca capacidad adquisitiva. Si vendemos cocina refinada a grandes precios, limitaremos la entrada a un selecto y exclusivo grupo de gente.

¿Solución? hacer lo que mejor hacemos en este país: tirar por la calle del medio, ni lo uno, ni lo otro.

Tenemos una gigantesca opción cultural, de entretenimiento, naturaleza, ocio, deporte…centrémonos en todo esto, que es absolutamente espectacular y desterremos el turismo de chupitos nocturnos.

En nuestra mano está, y precisamente en este momento nuestras manos no están muy ocupadas, por lo que en vez de seguir comprobando cómo crece nuestro estómago tras cada día de aislamiento, pongámonos manos a la obra para que no nos vuelva a pillar el toro.

¿Tropezaremos de nuevo contra la misma piedra?…

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