Islandia: luna de miel para espíritus inquietos

Porque hay vida más allá de Punta Cana…

Post de: Ana Martín

Nunca antes me había fijado en esa isla perdida en medio de la nada. Aquel documental sobre géiseres que acariciaban el cielo, cascadas interminables y verdes imposibles prendió la mecha de mi curiosidad; algún día conocería a la que, desde entonces, se ha convertido en una de mis pasiones: Islandia.

Lo mío fue amor a primera vista y, tras haberla conocido, sé que no necesita grandes presentaciones, porque ella habla por sí misma; tanto es así que, llegado el momento de los preparativos, no tuve dudas: allí sería mi luna de miel.

Nos casamos en julio de 2017 en mi amada Coruña, en mi amada Galicia. Pocos días después de la boda emprendimos el que, hasta la fecha, ha sido el viaje más increíble de mi vida.

Sabíamos que no iba a ser una semana de tumbona y pulsera “todo incluido”: conduciríamos muchas horas al día, llegaríamos cansados a los hoteles, tendríamos que caminar, que mojarnos y llenarnos de barro, no gozaríamos de cálidas aguas cristalinas en las que darnos un baño rodeados de peces de colores y nadie nos llevaría un refrigerio con sombrillita y rodaja de limón a pie de playa cuando estuviéramos cansados de no hacer nada.

¡No se me ocurría una mejor forma de pasar una semana entera de viaje!

Teníamos todo planificado: vuelos, alojamientos, coche de alquiler y salida en barco para avistar ballenas.

Salimos del aeropuerto de Coruña a mediodía con destino a Islandia, haciendo escala en Barcelona. Doce horas después llegamos a nuestro punto de partida en la isla: Reikiavik.

No sé cómo explicar el impacto que supuso ver amanecer a la 1:50 de la madrugada, la luz era maravillosa (sé lo que estás pensando; llegados a este punto mi deber es tranquilizarte: no sufras, en Islandia hay persianas, estores y cortinas opacas).

Esa mañana temprano comenzamos nuestro periplo de 7 días por la Ring Road de Islandia, la carretera principal que rodea el país bordeando la costa, haciendo alguna pequeña incursión en las denominadas carreteras F que, en muchas ocasiones, se adentran en el interior y, por lo complicado de los terrenos que las conforman o la ausencia de asfaltado, son únicamente accesibles con vehículos autorizados a ello.

En una de esas aventuras por estas carreteras pudimos llegar a estar junto a un glaciar a medianoche, a plena luz del día, sin una sola persona a nuestro alrededor, sin un solo sonido, salvo el de algún pájaro insomne y el del agua acariciando los icebergs desprendidos del glaciar, que flotaban en el lago que se había formado por el deshielo, o sumergirnos de lleno en el temido Paso de Öxi, -no siempre transitable-, un tramo no apto para cardiópatas que esconde un tesoro de vistas al valle.

Aprovechamos todo cuanto nuestros cuerpos nos permitieron las 21 horas de luz al día que Julio nos ofrecía en Islandia.

Ambos conducíamos pero, cuando me tocaba ir de copiloto, no recuerdo haber cerrado los ojos un solo minuto; hacerlo puede suponer perderte mucho.

A lo largo de la carretera circular, que parece no tener fin, el paisaje es increíblemente cambiante o maravillosamente repetitivo. Islandia es una constante sucesión de inmensas cadenas montañosas, glaciares, cascadas,

lagos helados, volcanes, ovejas que pastan libres, anchos ríos cruzando el paisaje, casitas aisladas que salpican los campos, conducir durante horas viendo pasar a tantos coches como puedes contar con los dedos de las manos, verde y más verde y, de pronto, marrón o negro…

Todo eso, y más, es Islandia. Eso y, sobre todo, silencio y paz. Una paz que pocas veces había vivido antes en mi vida. La paz de estar en medio de la nada y del todo.

Me hubiera gustado tenerla enteramente para mí, no tener que compartirla con los turistas, aunque fueran pocos, que se acercaban a ver los puntos de interés que hay por montones a pie de carretera; me hubiera gustado quedarme a vivir en una de aquellas casitas perdidas en medio de campos que se extendían hasta ser engullidos por la falda de una montaña; me hubiera gustado ver todo lo que no me dio tiempo de ver y guardarlo para siempre en mi memoria.

Antes del viaje, quienes se interesaban por mi destino de luna de miel me preguntaban por qué había elegido Irlanda, “no, Irlanda no; es Islandia adonde vamos” y todos se sorprendían por la elección y, no pocos, necesitaban de un mapa para localizarla.

Ahora me doy cuenta de que, no pocos también, han ido o van a ir allí.

Islandia está de moda. Los patrones de viaje cambian y, con ello, los destinos de luna de miel.

No nos engañemos: Islandia es soberanamente cara para la economía media de un español; soy consciente de que tal vez nunca pueda volver a verla, aunque no dejo de buscar la forma de conseguirlo.

Lo que sí tengo claro es que nunca olvidaré mi luna de miel.

Nunca olvidaré Islandia.

Ana Martín

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